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VIEJOS CEMENTERIOS RAYEROS
MUCHOS DESCONOCEN QUE LA ACTUAL PLAZA DE LA PURÍSIMA (O PLAZA DE LA CRUZ) Y EL INTERIOR DE NUESTRA IGLESIA FUERON LUGARES DE ENTERRAMIENTO EN ÉPOCAS PASADAS
Cuando a principios de este siglo XXI se hicieron en nuestra iglesia parroquial unas excavaciones o “catas” en lugares cercanos a su cimentación, para conocer su estado y posible restauración, aparecieron muchos restos humanos en el subsuelo que llenaron de asombro a quienes realizaban las obras. Todo tenía una lógica explicación; la mayoría de los restos que se encontraban dispersos baso el enlosado de la nave central procedían de las exhumaciones del antiguo cementerio anexo al templo, que se encontraba en el solar que hoy ocupa la llamada Plaza de la Purísima o Plaza de la Cruz y que fue desalojado en 1897 como paso previo al comienzo de las obras de demolición y construcción de la nueva iglesia. Aún existe una vieja tradición cristiana que manda inhumar en tierra santa cualquier resto humano, ya sea en un camposanto católico o en otro lugar bendecido. En este caso y dado que se encontraban en el viejo cementerio, los restos quedaron sepultados dentro del recinto de la iglesia, cuyo nivel fue recrecido en altura con esta tierra procedente de las fosas, que contenían gran cantidad de restos humanos.
Al mismo tiempo apareció un esqueleto completo en una zanja que se abrió junto a la pared de la torre. La parte de la osamenta que quedó visible nos mostraba gran parte de las costillas, cadera, fémur y tibia; otros huesos del brazo y pié debieron caer y mezclarse con la tierra durante la excavación. Por la situación de la tumba y el lugar donde se encontró -la capilla del Rosario- nos inclinamos a pensar que existe una alta probabilidad de que los restos correspondieran a don Josef Nicolás Merchante, el párroco que adquirió la imagen de La Encarnación; este sacerdote falleció en junio de 1802 y sabemos que fue sepultado en el panteón de la Capilla de Nuestra Señora del Rosario, donde yacían los restos de algunos de sus familiares, entre ellos los de una sobrina y los de su padre, clérigo de “menores órdenes”. También sabemos que este párroco fue el último rayero que se inhumó en el interior del templo siguiendo una costumbre ancestral que, sin embargo, al comenzar el siglo XIX estaba, en la práctica, en desuso. En 1842 estos enterramientos (salvo casos extraordinarios) fueron prohibidos por la Administración estatal, por razones de higiene, puesto que según algunas crónicas, en algunas iglesias (especialmente en verano) era insoportable el nauseabundo olor que desprendían los resquicios de algunos de estos panteones-capilla.
En nuestra Iglesia, como en otras muchas, había cuatro capillas de enterramiento, con sendos panteones donde se depositaban los restos de todas aquellas personas que por su vinculación a la iglesia, por el sostenimiento de estas capillas o por pertenecer a destacadas Hermandades, tenían derecho a ello. También hubo dos panteones, llamados de “primer y segundo arco” donde solían recibir sepultura algunas personas, incluso los llamados “pobres de solemnidad”. El modo de enterrar a los cadáveres era muy singular en aquellos años. Muchos difuntos se velaban en la propia iglesia, en un ataúd “forrado de bayeta negra” que servía para este menester. Llegado el momento de la inhumación, el cadáver amortajado con un sudario o hábito, según la clase social del finado, era depositado en el fondo del panteón sin ataúd, cubriéndolo con una capa de tierra y cerrando luego la fosa con una lápida de piedra. Este sistema permitía ahorrar espacio, puesto que los panteones no debían tener más allá de 3 ó 4 metros de profundidad, quedando entre cadáver y cadáver, una capa de no más de 30 centímetros de tierra. La pobreza y humildad de la época y el coste de un ataúd de madera (aún en los casos de los más pudientes) hacía que se enterrase de esta forma; en el caso de los más humildes, éstos eran depositados con la en la fosa con la indumentaria que llevasen, cubriéndoles piadosamente el rostro con un pañuelo o en algunos casos con una vasija de loza, para que la tierra no diera directamente en el rostro del fallecido. (Así apareció una momia en 1897, cuando se abrieron las tumbas adosadas a la pared oeste del viejo templo, previo a su derribo, cuyo rostro estaba cubierto por una vasija de porcelana). A mediados del siglo XIX se introdujo una nueva costumbre de sepultar que consistía en levantar en torno al cadáver una especie de hornacina de ladrillos, en forma de sarcófago de medio arco, de forma que la tierra no caía directamente sobre el cuerpo. Así se encontraron al reducir los restos del viejo cementerio de la Plaza y también cuando en los años 60 se construyeron los nuevos salones parroquiales, junto a la Plaza de la Cruz.
En nuestro pueblo se debió comenzar a sepultar en los primeros años de la fundación, incluso antes de que la primitiva iglesia estuviese terminada y abierta el culto. Posiblemente el cementerio de la Plaza de la Cruz recibiese los primeros enterramientos hacia 1546 ó 1547 y muchos de estos restos correspondientes a los primeros pobladores, aún permanecerán allí sepultados y junto a los permanecen bajo el sagrado recinto del templo, conforman estos otros dos cementerios ocultos que tenemos en La Raya de Santiago y que no por ello dejan de ser, como tantas otras cosas, parte integral de nuestro patrimonio histórico. |