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La Síndone de Turín 

¿verdad o engaño? 

 

 

Hasta el próximo 23 de mayo de 2010 estará de nuevo expuesta en la Catedral de San Juan, en Turín, norte de Italia, una reliquia que se conoce como Santo Sudario o Síndone (palabra que procede del griego Sindon, mortaja). Quizá sea ésta la reliquia cristiana que más apasionados debates ha provocado desde que en el año 1898 el fotógrafo y abogado italiano, Secondo Pía, la fotografiase durante la exposición de aquel año, con motivo de la boda de una princesa de la Casa de Saboya, que era en aquel entonces la propietaria del lienzo.

 

Las imágenes que obtuvo este fotógrafo, pese a ser relativamente nueva y primitiva la técnica fotográfica de entonces, fueron determinantes para despertar un enorme interés científico acerca de este objeto de culto, pues la placa negativa que obtuvo de esa débil imagen que se apreciaba, tras varios intentos fallidos, mostró en positivo la imagen de un ser físico que aparentemente había sufrido todos los estigmas de la pasión que narraban los textos evangélicos como Jesús de Nazareth. A partir de ahí comenzó la controversia. En los años 30 se realizaron  nuevas pruebas fotográficas con bastante más calidad que mostraron otros detalles de la imagen que aparece en forma de extraño “negativo” fotográfico, es decir, con gran parte de sus tonos invertidos.

 

A partir de ese momento comenzó a suscitarse una controversia que más de 100 años después aún continúa sin ser solucionada. Los científicos y expertos no se ponen de acuerdo. Una posible conclusión establecida suele suscitar nuevas dudas e interrogantes y a una teoría se le antepone otra. Quizá el origen de todo radique en que la tela no ha sido sometida a un examen científico con total garantía por parte de un selecto grupo de especialistas que, de una vez por todas, intenten aclarar el misterio, si es que lo hay. El último estudio se realizó en 1988 y consistió en averiguar la antigüedad del Sudario basándose en la datación por medio del Carbono 14. Este examen (realizado en tres laboratorios distintos de Gran Bretaña, Suiza y Tucson-Arizona) ) arrojó un resultado similar: la tela era de la Edad media y por lo tanto una falsificación. A partir de ese momento comenzó otra vez la polémica. Primero se dijo que el tejido examinado correspondía a unos añadidos que se hicieron a la reliquia por las monjas clarisas a raíz del incendio que sufrió en el año 1532 y por lo tanto la muestra no correspondía al tejido auténtico. Después otros científicos dijeron haber hallado, entre las 47 especies distintas de polen, algunas propias de la Palestina del siglo I y, entre otras hipótesis , se formuló la más sorprendente de todas: que una misteriosa radiación que supuestamente emitió el cuerpo al que envolvía el lienzo, en el momento de resucitar,  no solo hizo posible la grabación la imagen, sino que pudo “rejuvenecer” artificialmente el tejido.

 

Esta última teoría, que parece haber ido cobrando carta de naturaleza en el ámbito científico, estaría relacionada con un efecto en principio natural. Como todos sabemos el cuerpo humano contiene gran cantidad de agua, uno de cuyos elementos esenciales es el hidrógeno. El religioso francés Jean Baptiste Rinaudo, experto en Medicina Nuclear, estableció que la imagen habría sido formada por un bombardeo de protones. ¿Cómo se pudo producir este efecto? Sigue diciendo Rinaudo que se liberó una gran cantidad de deuterio (que es un compuesto del hidrógeno). El núcleo de deuterio puede romperse bajo la acción de un manantial de energía radiante, liberando un protón y un neutrón y éstos fueron los causantes tanto de la impresión de la imagen como de su “rejuvenecimiento” al enriquecer el Carbono 14 de las fibras del lino del sudario y por lo tanto falsear la datación. Realizó algunos experimentos con tejidos de momias egipcias, sometiéndolos a un fuerte irradiación mediante un acelerador de partículas y ese tejido egipcio, datado anteriormente en unos 5.000 años de antigüedad  ¡se rejuveneció  46.000 años!

 
 
 

De ser ciertas estas nuevas pruebas científicas que se realizaron en el Centro de Estudios Nucleares de Grenoble (Francia), estaríamos ante un nuevo y sorprendente enigma que lejos de arrojar luz, oscurece aún más el origen de este Sudario. Muchos expertos se preguntan ¿porqué un cuerpo físico fallecido pudo emitir esa desconocida radiación? ¿qué organismo es capaz de regenerarse, auto-replicando sus células, mediante un brote de energía que surge de su propio interior? 

 

Las nuevas preguntas, bajo esta perspectiva, son de difícil respuesta y no hacen sino añadir nuevos elementos  de desencuentro entre el mundo científico que, sin embargo, no es capaz de dar una respuesta coherente y unívoca a lo que muchos denominan ya, sin ningún tipo de recato, como la más inquietante y misteriosa forma de retorno a la vida de un organismo físico que falleció y volvió del más allá dentro de las 36 horas siguientes a su muerte. Bajo la óptica de las creencias religiosas, es decir, de la fe, todo está muy claro: Jesús de Nazareth era Dios y por lo tanto no podía morir como un simple mortal. Sin embargo otros pensamientos filosóficos discuten no la existencia física de Jesús, sino el hecho mismo de la resurrección, puesto que dentro  de la Perfección Teocrática de Dios no puede ser admisible un principio de contradicción, es decir, Dios no puede violar su propia perfección ni el Orden Universal por El establecido.

 

La cuestión de la divinidad de Jesús de Nazareth ha sido ampliamente discutida y puesta en tela de juicio desde tiempos inmemoriales. No es nada nuevo; el presbítero cristiano Arrio de Alejandría (que vivió entre los siglos III a IV) ya planteó esta posibilidad; aún antes que él otros como Justino Mártir (siglos I y II), Pablo de Somosata y Luciano de Antioquia (siglo III) pusieron en tela de juicio su naturaleza divina. Otros historiadores laicos dejaron breves crónicas acerca de la vida y muerte de Jesús, aunque no mencionan en absoluto su retorno a la vida. (como Flavio Josefo, Suetonio, Cornelio Tácito o Plinio el Joven).

 

¿Es, pues, el Sudario de Turín una prueba palpable y contundente de la muerte y resurrección de Jesús de Nazareth? A la luz de la Ciencia aún no se ha podido establecer de forma clara y contundente. Y ante la negativa de la Iglesia a realizar nuevas pruebas científicas, mucho nos tememos que la controversia continuará aún por muchos años y sin duda alguna.

 

M.J. Schneider

 


El “lignun crucis” o

una verdad en entredicho

 

No deja de ser sorprendente que las grandes reliquias del Cristianismo aparezcan varios siglos después de la crucifixión y muerte de Jesús

 

Dentro de las grandes religiones monoteístas, quizá sea el Cristianismo una de las más  propensas a la veneración de reliquias de todo tipo, como si estos elementos físicos añadidos al dogma fueran necesarios para potenciar la propia religión. El problema es que la inmensa mayoría de ellas, por no decir todas, no resistirían el más mínimo análisis de la Ciencia, quedando solo como un elemento más de culto, bajo los auspicios de las propias creencias y de la fe.

 

La cruz que hoy conocemos como símbolo representativo del Cristianismo curiosamente aparece varios siglos después de la muerte de Jesús, posiblemente hacia el siglo IV (algunos eruditos lo sitúan a finales del siglo III).Por su parte el “lignun crucis” o madero de la cruz en la que murió Jesús de Nazareth  tiene su supuesta aparición física en Palestina, varios siglos después, y no deja de ser una historia en cierto modo rocambolesca. Dice la Historia que tras la conversión del Emperador romano Constantino el Grande a la fe en el año 312, éste legalizó el Cristianismo en todo el Imperio romano. Hacia el año 326 se trasladó con su madre Helena (que ya rondaba los 80 años) a Palestina, con la intención de descubrir todos los lugares donde Jesús de Nazareth había realizado su obra . En Jerusalén la anciana Helena (o santa Elena) reunió a los notables judíos, interrogándoles acerca de donde tres siglos antes había estado situado el Monte Calvario o Gólgota, para intentar descubrir el lugar exacto donde fuera ajusticiado Jesús por orden del gobernador romano Poncio Pilatos. Siguen diciendo las crónicas que muchos de ellos (posiblemente bajo un duro interrogatorio no exento de torturas, como aseguran algunos cronistas) le indicaron el lugar exacto que se encontraba bajo un templo pagano dedicado a la diosa Venus, mandado levantar en tiempos del emperador Adriano. Helena, sin dudar un instante, mandó destruir el templo y excavar bajo él, apareciendo misteriosamente tres cruces. Ante la duda de cuál de ellas podría ser la verdadera se mandó traer un cadáver que al contacto con la auténtica resucitó (otras leyendas dicen que trajeron a un enfermo, el cual sanó milagrosamente). Sea como fuere, estos maderos comenzaron desde entonces a ser venerados en el mismo lugar donde supuestamente aparecieron, levantándose allí la Basílica del Santo Sepulcro. Y esta es la leyenda que ahora deberíamos intentar encajar en la verdad histórica.

 

¿Es razonable pensar que Helena (o santa Elena) pudiese encontrar los auténticos maderos donde fue crucificado Jesús de Nazareth, 326 años después de su muerte..? La lógica nos sugiere que nunca pudo ser así. Helena no encontró el verdadero madero por toda una serie de circunstancias y avatares históricos que vamos a intentar resumir para que el lector saque sus propias conclusiones.

 
 
 

El Monte de la Calavera o Gólgota. Este lugar, situado al noroeste de Jerusalén, cerca de sus murallas, era un lugar público de ejecuciones, un dato objetivo e históricamente verificado que no debemos olvidar. El Gólgota era una cantera abandonada que se acondicionó para clavar en ella los estípites o troncos de madera verticales en una cantidad imprecisa, probablemente 20, 30 ó más. El estípite tenía una altura de aproximadamente 4 metros, acabado en una punta donde encastraba un madero horizontal llamado patibulum que el condenado arrastraba hasta el lugar de ejecución. Una vez clavado el reo y alzado al extremo superior del estípite por medio de ganchos o escaleras, quedaba inserto (mediante una ranura practicada en su centro) en una cruz en forma de “T” y no como la denominada cruz latina que ha trascendido hasta hoy. La idea de un Calvario con solo tres cruces, para Jesús y los dos ladrones, es solo una imagen iconográfica falsa y sin el más mínimo sentido ni rigor histórico.

 

Demasiados crucificados. Muchos fueron quienes acabaron sus días en el Monte de la Calavera; precisamente era llamado así por los restos de los condenados que al quedar clavados hasta su cadaverización, sus osamentas caían al suelo. Palestina era un continuo hervidero de rebeliones contra la dominación romana. En las famosas revueltas de los años 66 al 73 d.C. y otras posteriores, centenares, o quizá miles, de judíos fueron crucificados en ese mismo lugar. La visión de un Calvario plagado de cruces en forma de “tau” debió de ser espantosa y aleccionadora para los revoltosos judíos.

 

El Templo de Venus. En el año 132 d.C. el emperador de origen hispano Adriano mandó destruir el Gólgota o Monte de la Calavera y en su lugar levantó un templo dedicado a la diosa Venus (Afrodita, en su versión griega), para lo cual se explanó todo el terreno, se arrancaron los estípites o postes verticales que con toda seguridad serían quemados o destruidos, al ser instrumentos de ejecución y muerte, aunque posiblemente los más recientes y en mejor estado se utilizaran como andamiajes; también se abrieron las zanjas destinadas a la cimentación para construir ese templo.

 

Las excavaciones de Helena. En el año 326 y tras el severo interrogatorio a muchos notables judíos la madre del Emperador mandó destruir el templo y escarbar en sus cimientos. La posibilidad de hallar solo tres cruces (después de 300 años en que se ejecutó públicamente a miles de condenados) entra de lleno en el terreno de la más pura fantasía. Incluso los maderos relativamente recientes que se pudiesen haber hallado estarían corrompidos por tanto tiempo bajo tierra y no digamos nada de unas cruces con 3 siglos de antigüedad. Helena (o santa Elena) lo único que pudo encontrar, seguramente, fueron restos de algunos maderos carcomidos que ella interpretó como los auténticos, ante la carencia absoluta de rigor arqueológico y de una metodología científica para su correcta datación.

 

Una simple cuestión de fe. Las creencias de origen religioso, las leyendas y demás relatos de corte aparentemente sobrenatural,  no precisan en absoluto de la Ciencia, ni siquiera de la Razón, para ser admitidos como verídicos. La fe es, precisamente, creencia ciega (y a veces fanática) y poco importa la verdad histórica en la inmensa mayoría de los casos. Por lo tanto el “lignun crucis” es un símbolo iconográfico con un alto valor religioso y nada más. No existe ninguna forma objetiva de establecer su autenticidad más allá de la fe.

 

Las reliquias, como dijimos al principio, forman un universo dentro del Cristianismo y parecen formar parte consustancial de él. La inmensa mayoría de ellas ni siquiera aparecen mencionadas en los textos evangélicos oficiales, ni aún en los llamados apócrifos (no reconocidos por la Iglesia). Estaríamos hablando del Grial o Cáliz de la última cena, el Sudario de Turín, la lanza de Longinos o el Sudario de Oviedo, por no mencionar otros más exóticos, como gotas de leche de la Virgen, el Santo Prepucio del Niño Jesús, un suspiro de San José ¡o un estornudo del Espíritu Santo!...algo realmente increíble.

 

La Edad Media fue una época donde el mercadeo de reliquias tuvo su más frenético apogeo. Todas las Catedrales, iglesias, santuarios, monasterios, monarcas, nobles de alcurnia, grandes comerciantes e incluso simples mortales quisieron tener su particular colección de reliquias y donde hay demanda por supuesto que no falta el suministro. Así, pues, se creó un irreverente comercio al por mayor que generó inmensas riquezas para los fabricantes con un buen sentido del marketing, troceándose cuerpos de personas consideradas santas sin el más mínimo pudor. Por último y en referencia a la Cruz, a Calvino se le atribuye una frase famosa que no deja de ser bastante significativa; según dijo este cristiano-protestante “si se juntaran todos los trozos de lignun crucis repartidos por el mundo, se podría  formar todo un bosque entero” Y lo peor de todo es que, posiblemente, tuviese mucha razón.

 

Martin J. Schneider

Resumen de uno de los artículos de:

APARICIONES, MILAGROS

Y RELIQUIAS. Luces y sombras

de un fenómeno.

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LA RIADA
DE SANTA TERESA: 130 AÑOS DE UNA CATÁSTROFE 

LA NOCHE DEL 14 AL 15 DE OCTUBRE DE 1879 TODOS LOS ELEMENTOS DE LA NATURALEZA SE CONJUGARON PARA DEJAR UNA HUELLA IMBORRABLE EN LA HISTORIA DE MURCIA 

 

La madrugada del 14 al 15 de octubre de 1879 está escrita en los anales de la Historia de Murcia como uno de los más tristes episodios de todos cuantos se recuerdan. Esa noche las fuertes lluvias (posiblemente una “gota fría”) provocaron una de las peores avenidas que se recuerdan y que rivaliza con aquella otra ocurrida 228 años antes ( la de San Calixto) que dejaron un rastro de desolación y muerte en el valle de Murcia y en la propia capital. Más de 750 muertos y miles de viviendas destruidas por la furia de las aguas, decenas de animales domésticos y de labranza, tierras, árboles y plantíos, acequias, azarbes, landronas, meranchos, sendas y caminos, nada pudo resistir la brutalidad del agua embravecida que destruyó a su paso todo cuanto pudo ofrecerle la menor resistencia. 

 
 
 

Lugares como Nondueras o Era Alta sufrieron gravísimas consecuencias, al quedar aprisionadas entre la corriente del Guadalentín o Reguerón y el talud de la línea férrea Murcia-Alcantarilla, convirtiendo la zona en un inmenso lagar. No hubo un solo pueblo en los alrededores de Murcia que no sufriera, en mayor o menor medida, la acometida de esta riada; en Rincón de Seca hubo muchos muertos, al estar el pueblo asentado sobre uno de los muchos meandros del Segura. La Puebla, La Raya, Albatalía, Rincón de Beniscornia, Aljucer, Alcantarilla, El Palmar… ningún lugar de la huerta quedó a salvo y en muchos de ellos, familias enteras quedaron diezmadas por la catástrofe. En la capital el río alcanzó los 10 metros de altitud y se estima que llegaron a circular más de 1890 metros cúbicos por segundo. 

 
 
 

La magnitud de esta cruel avenida estuvo básicamente motivada por la confluencia de tres grandes corrientes de agua: la del Segura, la del Guadalentín y las procedentes de la Rambla de la Viznaga que, al unirse, provocaron la mayor tragedia pluviométrica de los últimos tiempos, sobre todo por las numerosísimas víctimas que causó y los destrozos en la infraestructura lugareña y huertana, lo que en el ámbito puramente urbanístico podríamos hablar de un antes y un después de esta riada. Los daños causados a la agricultura fueron enormes, al destrozar sistemas de riego y plantíos, además de inutilizar por el lodazal acumulado, muchas hectáreas productivas. Miles de barracas diseminadas por la geografía huertana fueron barridas del mapa, llevándose por delante las míseras pertenencias de estos pobres labradores, cuyo único sustento eran sus labores agrícolas.  

 
 
 

La solidaridad regional y de la Nación entera no se hizo esperar e incluso en lugares tan lejanos como la capital francesa, París, donde la Reina Isabel II organizó toda clase de eventos benéficos, pudo conseguir cuantiosos donativos con los que ayudar a los damnificados. Madrid y “El Imparcial” uno de los más influyentes periódicos de la época, también lograron reunir ingentes cantidades de ayuda. Todas las provincias y regiones españolas se sumaron a este movimiento solidario a favor de Murcia que pudieron paliar, en buena medida, los daños causados, aunque las pérdidas humanas nunca podrían ser compensadas. El Rey Alfonso XII visitó Murcia en los días siguientes para ver por sus propios ojos la magnitud de esta tragedia de la que se hicieron eco todos los medios de comunicación de entonces. En este año 2009 se conmemora el 130 aniversario de esta triste efemérides. Y aunque las nuevas generaciones, lamentablemente, conocen poco la historia de su Región, este episodio y sus letales consecuencias, se ha ido transmitiendo de padres a hijos por lo que su recuerdo aún perdura, sobre todo en aquellos huertanos –los pocos que hoy quedan- y que aún viven de su trabajo en la tierra. Cuando llega octubre y los cielos se encapotan, alzan la vista con  temor, puesto que el mes de octubre ha sido tradicionalmente en nuestra tierra, propicio a las fuertes lluvias y pese a las nuevas infraestructura y encauzamientos, nunca es descartable que  pueda volver a repetirse un episodio de esta magnitud. 

 

Pedro C. Cermeño 


Agosto de 1945: 

Hirosima y Nagasaki,  

¿crímenes de guerra? 

 

Cada 6 y 9 de agosto respectivamente se conmemora el bombardeo atómico de las ciudades japonesas de Hirosima y Nagasaki  por la aviación norteamericana; podemos asegurar que fue el último y definitivo ataque contra Japón por parte de las fuerzas aliadas, principalmente por EE.UU. que llevó casi todo el peso de la guerra en el Pacífico.

 

Los norteamericanos siempre han sostenido que aquella acción se hizo con el propósito de acabar la contienda y de impedir que una prevista invasión al territorio japonés hubiese causado una insoportable sangría entre sus fuerzas. Pero, evidentemente, esa consideración a priori no deja de ser, como otras muchas, una mera hipótesis mucho más que discutible.

 

A mediados de 1945 Japón estaba al borde del colapso. Sus reservas de alimentos, petróleo y materias primas, esenciales para proseguir la contienda, habían sido seriamente diezmadas por los bombardeos americanos, que no dudaron en lanzar ataques aéreos terroristas sobre unas ciudades cuyos edificios en su mayoría estaban hechos a base de bambú, cartón y madera. Uno de los bombardeos sobre Tokyo, en el que participaron más de 330 aviones B-29, lanzaron sobre la zona este de la ciudad 2.000 toneladas de explosivos y medio millón de incendiarias M-47 (a base de fósforo, magnesio y tungsteno) que causaron 83.783 muertos y 40.918 heridos, más otros miles de desaparecidos, seguramente vaporizados por la tormenta de fuego. Más de 800.000 personas quedaron sin hogar en un área de 40 km2, totalmente calcinados. Y a este tipo de bombardeos siguieron otros, sobre todo a partir de los primeros meses de 1945. El olor a carne quemada era a veces tan intenso que muchos de los propios pilotos americanos vomitaban en las carlingas de sus fortalezas volantes.

                                                                                             
 
 

Hoy no cabe duda que fue una guerra racista contra Japón, guerra cuyo origen tiene muchos puntos aún demasiado oscuros, pese a la evidencia del ataque japonés a Pearl Harbour. Franklin Delano Roosvelt, desde que estallara la II Guerra Mundial en septiembre de 1939, ansiaba entrar en ella del lado de Inglaterra. El pueblo norteamericano, escarmentado por las consecuencias de la I Gran Guerra (1914-1918), se oponía firmemente a que su país se implicase en un conflicto demasiado lejano. El equipo de Roosvelt estrechó el cerco a Japón, país aliado de Italia y Alemania por el llamado Pacto del Eje, impidiéndole el suministro de materias vitales y creando un clima de claro enfrentamiento. La Administración americana supo con antelación  que los japoneses preparaban un ataque contra la flota del Pacífico, cuya base principal era Hawai. Cuando tuvieron la certeza de que este ataque se preparaba, dieron la incomprensible orden –criticada agriamente por los mandos de la Marina estadounidense- de alejar de la base los portaaviones, que eran demasiado valiosos. Franklin D. Roosvelt iba a tener la escusa perfecta para entrar en la Guerra mundial, como así ocurrió. Su ánimo belicoso ya había sido puesto en práctica mucho antes, cuando mediante la llamada Ley de Préstamo y Arriendo, se implicó junto a Inglaterra en su lucha contra Alemania, enviando infinidad de mercantes cargados con todo tipo de material de guerra. Debe recordar el lector que si un país se declara neutral no puede apoyar militarmente a otro, sin convertirse él también en parte beligerante.

 

Pero volvamos al año 1945. Alemania ya se había rendido a los aliados en mayo de ese mismo año, un mes antes había fallecido Roosvelt, asumiendo la presidencia Harry S. Trumann. Solo quedaba un Japón extenuado y a punto de sucumbir, con una población hambrienta y prácticamente desmoralizada por las privaciones y pérdidas humanas de casi cuatro años de guerra, por los bombardeos incendiarios de terror sobre las más importantes ciudades, con un ejército en franca retirada, con el tejido industrial al borde de la quiebra y una gran escasez en todos los ámbitos. Aún así Norteamérica decidió ensayar un ingenio que sus científicos habían desarrollado en un lugar secreto del desierto de Nuevo México: la bomba atómica. Las lanzaron sobre dos objetivos civiles, Hirosima y Nagasaki,  aún a sabiendas de que los resultados iban a ser extremadamente mortíferos y destructores y de que cabía la posibilidad que una contaminación radiactiva en amplias zonas del sureste asiático durara cientos de años. Aún así las lanzaron con un intervalo de tres días, sin darle tiempo siquiera al gobierno japonés de comprobar sus efectos. Para EE.UU. era más importante, por lo visto, justificar los dos billones de dólares que había costado el proyecto que cualquier otra consideración mínimamente humanitaria pues sabían que las bombas iban a cuasar centenares de miles de víctimas civiles en ciudades de escaso valor militar o estratégico.

                                                                                           
 
 

Las terribles y esperadas consecuencias fue el fallecimiento, por causas directas e indirectas de las explosiones nucleares, de 140.000 personas en Hirosima y 80.000 en Nagasaki. En el Memorandum de 2008 se estableció que más de 400.000 víctimas habrían muerto en total por causas directas de los efectos de la radiación atómica desde esos aciagos días de agosto de 1945. Aún no se ha establecido del todo, ni siquiera en la propia Norteamérica, si el lanzamiento de las bombas fue o no un crimen de guerra, que posiblemente hubiera tenido otra justificación distinta en los primeros días del conflicto y no cuando el enemigo estaba ya prácticamente hincado de rodillas.

 

Desgraciadamente y casi siempre,  la Historia la escriben los vencedores y no solo la redactan a su modo y conveniencia, sino que invierten los valores éticos y morales para justificar lo injustificable. Nadie duda que los países perdedores de la II Guerra Mundial cometieron infinidad de atropellos y crímenes, pero ¿y los aliados? ¿no cometieron ninguno? Bombardeos terroristas sobre ciudades pobladas  por civiles y de escaso valor militar, bombardeos de saturación indiscriminados y nunca selectivos, ejecución de prisioneros de guerra, violaciones, saqueos, pillaje, provocación de hambrunas mortíferas, odio racial, denegación de auxilios básicos a los vencidos, experimentación con seres humanos (caso de los afectados por la radiación nuclear), juicios y ejecuciones sumarísimas sin ninguna garantía, todo esto y mucho más lo cometieron también quienes se autoproclamaban defensores de la libertad y la democracia. Flaco favor le hicieron a estos principios no reconociendo culpa alguna y minimizando hasta los límites del ridículo su propia responsabilidad. Podríamos resumirlo todo en las declaraciones de uno de los carniceros que participaron en la masacre, el general norteamericano Curtis LeMay, aquel que durante una rueda de prensa, tras los primeros bombardeos, dijo cínicamente: “...la gente fue tostada, hervida y horneada hasta morir...”. Posteriormente, tras la guerra, dijo otra frase mucho más certera, aunque no menos cínica: ...”Si nosotros hubiéramos perdido la guerra, habríamos sido juzgados como criminales de guerra. Afortunadamente estamos del lado de los vencedores...”

 

Y ante tales afirmaciones, sobran más comentarios.

 

Spencer Patterson

 

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PAISAJES QUE CAMBIAN 

 

Queda bastante poco de la vieja fisonomía de los pueblos, donde nunca hubo el más mínimo interés por conservar aquellos rincones o parajes más emblemáticos 

 

Creo que no hay un solo lugar de Murcia donde el cambio que imponen los tiempos haya respetado paisajes o sitios que un día fueron plenamente identificativos de su personalidad paisajística, lugares o rincones característicos de todos los pueblos que rodean la capital. Plazas, fuentes, jardines, caminos, parajes, ríos, acequias, azarbes… incluso la propia huerta ha sufrido transformaciones tan profundas hasta hacerla desaparecer por completo en algunas zonas. No hace falta decir que el monocultivo del ladrillo ha impuesto su estilo amorfo, tanto en la ciudad como en el campo. Acequias y arboledas que desaparecen, ocupando su lugar caminos o construcciones sin estilo y sin nada que recuerde el viejo paisaje. Todo se ha ido al garete. 

                                                                          
 
 

Cincuenta años de diferencia separan estas dos imágenes de la Avenida P. Martínez-Orilla de la Acequia. Hoy se levantan bloques de ladrillo donde antes hubo una acequia de aguas limpias y riberas de abundante vegetación. Al fondo (imagen izquierda) el Molino de Puxmarín, también desaparecido. 

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Nuestro pueblo no ha sido una excepción, aunque conservamos algunas reminiscencias, como esas pequeñas casas restauradas que aún tienen el viejo sabor de nuestras calles,  que sobreviven en la calle del Horno, por citar solo un breve ejemplo. Desaparecieron las Escuelas y en su lugar se hizo el nuevo colegio. ¿Recordáis la llamada “escuela de don Federico”, con aquella reproducción en busto de la Dama de Elche en su frontispicio. ¿Recordáis la Fábrica de los Nadales, los huertos de albaricoqueros frente a las escuelas, el Molino, los lavaderos cercanos, la acequia, el Chapitel, la Torrica, la barca sobre un río Segura que parecía un pequeño Amazonas, las riberas llenas de mimbrales, chopos y álamos, los sotos y sus palmerales, los caminos hondos, el azarbón, el molino del Batán, la acequia Benavía y su legendario Puente del Remolino, el taller de escobas y cañizos de los Castillo, el bar del tío José el nano, las tiendas y ventorrillos del casco antiguo, la de Gallardo, el Carlista, Salmerón, Manolete …..Todo esto y mil cosas más han ido cayendo víctimas del rodillo de la modernidad; algunas cosas cambiaron porque era lógico que cambiasen, pero en otras ha sido simplemente la desidia y el ansia de destruir lo antiguo sin más razón que, en ocasiones, la pura especulación o la ignorancia. Y lo peor de todo es que con esta destrucción material, también se destruye un poco el arraigo espiritual que el ser humano tiene con su entorno. Y así empieza por descomponerse un pueblo….

 

J.M. 

 

 

 

 

El misterioso y aún hoy desconocido“garrote vil” 

 

Uno de ellos se usó en la última ejecución pública en Murcia: la de Josefa Gómez, “la perla murciana” en el otoño de 1896 

 

La última ejecución pública que tuvo lugar en España, se llevó a cabo en Murcia el 29 de octubre de 1896. La víctima, una mujer de 32 años, Josefa Gómez, conocida como “la perla murciana” por el nombre de la pensión que regentaba con su marido. Josefa fue acusada y hallada culpable, según la sentencia que la condenó a muerte, de haber envenenado con estricnina a su esposo por consejo de un estudiante de 35 años, que había estado hospedado en su local y con el que al parecer mantenía una relación amorosa. El suceso causó también la muerte de una joven doméstica de 13 años que apuró el café envenenado que Josefa había preparado a su marido con una fuerte dosis de estricnina, contenida en una botella de ron “negrita” de la que se deshizo tirándola a un pozo del patio de la pensión. Ella fue condenada a la pena capital y el estudiante a cadena perpetua.

 

La ejecución, en medio de grandes protestas populares, se llevó a cabo en las inmediaciones del Puente Viejo, en un cadalso montado a tal efecto, a las 8, 25 de la mañana de ese fatídico día y ante la presencia de una fuerza policial y militar impresionante, para prevenir desórdenes.

 

La condenada estuvo en todo momento asistida por varios sacerdotes. Se hicieron algunas fotografías del acto, sin embargo, uno de los sacerdotes –según todos los indicios, el párroco de San Antolín- levantó su capa o manteo en el momento justo de la ejecución, por lo que la foto que ha trascendido hasta nuestros días no muestra a la ajusticiada en el instante en que el verdugo estrujaba su cuello con el mortífero aparato; se aprecia un enorme gentío, que se calculó en unas 12.000 almas, concentradas en esa zona de Murcia.

                                                                                            
 
 

      Imagen de dos ejecuciones; una pública en cualquier lugar de España. La imagen de la derecha corresponde al momento en que el célebre anarquista Angiolillo (asesino de Cánovas del Castillo) es ejecutado en la Prisión de Vergara.
     
Pero no es propósito de este reportaje hablar exclusivamente de esa ejecución que ya ha sido tratada en varios escritos y artículos (últimamente por Antonio Botías, en el diario La Verdad de Murcia). Vamos a estudiar brevemente en qué consiste este instrumento de ejecución que siempre ha permanecido como una especie de objeto misterioso para una gran mayoría de españoles, incluso en los tiempos en que la pena capital estaba vigente en nuestro país. Si se habla de la horca, silla eléctrica, cámara de gas, fusilamiento, decapitación, guillotina o inyección letal, la inmensa mayoría sabe o conoce el instrumento por toda una serie de imágenes, películas y reportajes que se han hecho sobre estos métodos de pena capital, pero ¿qué se sabe de nuestro garrote? Prácticamente nada, que consiste en un tornillo y poco más…

 

La muerte por garrote vil  ya se practicaba en España desde el siglo XVI: los primitivos garrotes  consistían simplemente en una cuerda de cáñamo, un poste y un palo de madera o garrote, de ahí viene el nombre. Al reo se le ataba a ese poste (que podía ser perfectamente un árbol de tronco mediano) y sobre su cuello se pasaba la cuerda, de manera que  cuello,  poste de ejecución y  garrote o palo  quedaran atados por la misma soga que fuertemente anudada impedía que se soltara al hacer girar el palo. La muerte se producía por estrangulamiento y asfixia y podía ser más o menos lenta, según la fuerza del ejecutor o el deseo de hacer sufrir al reo. Se empleó mucho en los autos de fé, cuando los condenados a la hoguera se arrepentían de sus “pecados”. Entonces eran piadosamente agarrotados para evitarles el horrible sufrimiento de morir abrasados.

 

Hacia el siglo XVII aparecen ya los primeros garrotes metálicos, mucho más eficaces y sofisticados, que consistían en un tornillo que atraía hacia sí un bastidor o luneta móvil que aprisiona el cuello del condenado entre esta “luneta” y el poste, dando lugar a su muerte no solo por estrangulación y asfixia, sino también por la rotura de algunas vértebras cervicales y gravísimas lesiones en el bulbo raquídeo. En teoría era una muerte rápida, pero existen abundantes episodios de ejecuciones lentas en las que la agonía del reo duraba más de lo previsto. El aparato en sí era fácil de construir para un herrero medianamente experto en su trabajo. Existen en varios museos algunos modelos en los que el fabricante cincelaba su propia heráldica o las iniciales de su nombre.

 

También se habla de prototipos en los que el tornillo atravesaba el poste y se incrustaba en el cuello de la víctima y a los  que algunos autores han llamado el modelo catalán, sin embargo la inmensa mayoría de estos instrumentos actuaban por la acción del “corbatín” o parte delantera contra el propio poste de ejecución o contra otro soporte metálico fijo en el poste, quebrando las vértebras cervicales del reo y provocando una letal asfixia.

 

No obstante es en el siglo XIX cuando el rey Fernando VII, en honor al cumpleaños de la reina,  establece el garrote como único instrumento de ejecución oficial en todos sus dominios, sustituyendo a la tradicional horca, hasta entonces el método más extendido.

 

 

El problema técnico que siempre presentó el garrote vil como método de ejecución, es tanto su  naturaleza mecánica, como la entereza del verdugo y su propia fortaleza física, vital para ahorrar sufrimientos innecesarios al reo. Había algunos verdugos que se atiborraban de alcohol antes de la ejecución, por lo que la impericia y el fallo estaban prácticamente asegurados. Pero el aspecto técnico del aparato en sí es el que motivó muchos fallos y ejecuciones desastrosas. El tornillo, de hasta cuatro entradas, tenía un paso de rosca bastante alargado que, teóricamente era vital para que al accionar la palanca, avanzase a gran velocidad por el interior del tubo roscado y golpeando primero y fuertemente la nuca de la víctima, ésta perdiera el conocimiento inmediatamente. Sin embargo, ese mismo paso de rosca, al avanzar, creaba un efecto indeseable: la fuerza ejercida por el verdugo era directamente proporcional a la resistencia de la masa muscular y ósea del cuello del condenado, lo que no siempre aseguraba una ejecución ordenada. Eso es exactamente lo que sucedió con el célebre José María Ruiz Jarabo, ejecutado en 1959 por haber cometido varios asesinatos. Éste Ruiz Jarabo era un atleta de 1,80 de estatura  y 100 kilos de peso y un cuello potente, recio y musculoso. El verdugo, Antonio López Guerra, de la Audiencia de Madrid, era, por el contrario, enclenque, débil y bastante dado al coñac. Calculó mal la altura del reo y colocó peor el aparato, de manera que tuvo que luchar contra un cuello potentísimo en un punto donde la musculatura era más fuerte y las vértebras más recias. Una ejecución atroz que duró…¡ 18 minutos!... La excesiva publicidad que se dio al caso (Jarabo era de una notable familia madrileña) hizo que se abriera una investigación y se introdujeran algunas modificaciones al aparato, entre ellas dos correderas paralelas, a modo de hoja de sierra, que impedían el retroceso a medida que las tirantas o brazos del aparato retrocedían por la acción del tornillo.

 

Pero en otros muchos lugares se continuó “trabajando” con garrotes de más de cien años de antigüedad, de los llamados “de alcachofa”, por ser la cabeza del tornillo una especie de alcachofa dentada que se clavaba en el poste de madera, mientras éste giraba, atrayendo hacia atrás las tirantas y el corbatín. Estos modelos requerían que el poste fuera redondo, como los usados para el telégrafo, de unos 11 cm. de diámetro aproximadamente ya que la “luneta” o corbatín era semicircular.  Utilizarlo en poste de sección cuadrada equivalía a realizar una ejecución desastrosa, como ocurrió en una las dos últimas ejecuciones que por este método se realizaron en España, en 1974. El 2 de marzo en prisiones cercanas y casi a la misma hora fueron ejecutados dos jóvenes: Salvador Puig Antich, anarquista, y el polaco Hein Chez, éste en la prisión de Tarragona, lugar donde había asesinado de un disparo a un sargento de la Guardia Civil. El verdugo designado para la ejecución fue el de la Audiencia de Sevilla, José Monero. Era su primera ejecución. Sentado el condenado  ante un poste de sección cuadrada, Monero montó el aparato y lo accionó, pero el primer intento falló porque la luneta semicircular no acababa de estrangular al reo, así que hubo de desmontarlo, hacerle un chapucero añadido de sacos y cuerdas, para que estrechara más, y así lo pudo ejecutar. Un auténtico desastre.

 

(Las últimas ejecuciones en España tuvieron lugar en septiembre de 1975. cinco terroristas (de ETA y GRAPO)  fueron ejecutados, sin embargo en esta ocasión, se optó por el fusilamiento) 

Pedro C. Cermeño

 

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LA HUERTA QUE SE NOS HA IDO MURIENDO POCO A POCO 

 

La lenta agonía de nuestra huerta tradicional no es solo un efecto del ladrillo sino que esta moderna y perniciosa fiebre constituye un elemento añadido  al mal endémico que viene sufriendo la Vega del Segura desde hace ya una treintena de años. Bien avanzada la década de los 60 y poco antes de su muerte, decía Diego Sánchez Jara (sobrino del poeta Jara Carrillo) que nuestra huerta tradicional estaba siendo lenta e inexorablemente aniquilada por una expansión urbanística llena de desatinos. Y lo denunciaba ya en aquellos años.  


                                                                        
 
 
 


Han transcurrido más de tres décadas y nadie ha mitigado su agónica semblanza, más bien la han ido agravando poco a poco y hoy desgraciadamente nadie pone en duda que, cualquier día de estos, si no reaccionamos a tiempo, acabaremos por perder sus últimos vestigios. El ciclo de sequía comenzó en esos años. Recuerdo que, con motivo de la Romería de Septiembre de 1969, se hicieron rogativas para que lloviera durante la misa de campaña en la explanada del Santuario de la Fuensanta. Ya entonces empezaba a ser acuciante la escasez. Nuestro río comenzó a recibir los primeros vertidos industriales y la vida piscícola se vio severamente afectada. También en esos años los primeros síntomas del “ladrillo” convertían las fértiles huertas en un mosaico de construcciones anárquicas que pincelaron de ocre el verde lujurioso del limonar.  

 

Pero aún había esperanza; todo el viejo sistema de riegos estaba, en la práctica, intacto. Acequias, azarbes, brazales, partiores, landronas y meranchos cumplían su papel ancestral y los cauces llegaban hasta el último rincón, aunque menguados. Aún era posible ver a los huertanos en sus tandas de riego nocturno, moverse a través de los bancales anegados por el riego a manta, sobre el que la luna dibujaba luminosos senderos. Se hablaba de la esperanza del trasvase Tajo-Segura, cuyas obras estaban en ejecución, y pocos sabíamos que este trasvase iba a significar, con el paso de los años, la muerte definitiva de nuestra huerta, porque ignorábamos los planes de roturar inmensos campos y pedregales en las comarcas de Lorca y Cartagena, dejando abandonada a su suerte la huerta tradicional del minifundio y la pequeña heredad. Y así fue y así ha sido. 

 

                                                                          
 
 


Aquellos campos de secano se convirtieron en vergeles y nuestro valle, desde el Azud hasta Orihuela, quedó relegado al olvido…y a la explotación urbanística. Luego vimos morir el río, desaparecer su fauna, caer uno tras otro aquellos mimbrales que curvaban sus ramas hasta besar el cauce, desaparecer las alamedas de sus riberas y convertirse en una charca insana y pestilente que solo la excepción de las ocasionales riadas mitigaba brevemente. Después vinieron de nuevo las máquinas a remodelar el cauce del Segura; nos decían que era para evitar que la furia de las avenidas destrozara la huerta, cuando ya ésta ya se encontraba postrada en su lecho de muerte, cuando de nuevo las piquetas y el ladrillo atacaban con más saña sobre las cultivadas tahúllas, reduciendo su extensión hasta los límites de la más descarada destrucción. Y aún hoy seguimos viendo cómo la poca vega que nos queda, los pocos huertos de limoneros, naranjos y melocotoneros, verduras y hortalizas, son arrancados de cuajo, cubriendo una de las tierras más fértiles de Europa de montones de escombros como preludio de la nueva fiebre del ladrillo y el cemento, resistente a todas las crisis y a todos los descalabros. Un nuevo y funesto rayo que no cesa, un mal augurio para esta reminiscencia de un pasado esplendoroso que estamos robando a las generaciones del futuro y a nuestra propia calidad de vida. 

 

¿Habrá de haber algún gobernante que ponga coto al desatino…? ¿O perderemos de manera irremediable este Vergel que nos legaron nuestros antepasados? Ojalá  antes que sea demasiado tarde alguien sea capaz de poner el remedio…. 

P.C. 

 



¿PUEDEN SER LOS O.V.N.I.s UNAS MÁQUINAS DEL TIEMPO QUE VIENEN DEL FUTURO A VISITARNOS?

SEGÚN LA TEORÍA DE LA RELATIVIDAD DE EINSTEIN ES POSIBLE VIAJAR EN EL TIEMPO 

 

Durante la II Guerra Mundial los aviadores militares de ambos bandos  solían informar de extrañas luces en el cielo que en un principio confundieron con armas secretas del enemigo; a estas extrañas luces pronto les llamaron los cazas fantasma, por su sorprendente forma de aparecer y desaparecer, sin participar en el combate. También en el transcurso de las acciones aéreas de bombardeo sobre Alemania, las tripulaciones de los B-52 solían informar de la presencia de extraños objetos en forma de disco o “cilindro” que les seguían a distancia, sin que nunca intervinieran en las acciones de guerra, por lo que descartaron que fuesen aparatos enemigos. 

 

Un teniente-piloto de la Luftwaffe, Wolfgang Dietrich, pilotando un moderno Me-109E, intentó derribar uno de estos cazas fantasma que se puso a su alcance pero le fue  imposible. Según informes de este oficial alemán, cuando las balas trazadoras de sus ametralladoras parecían alcanzarle, éstas salían despedidas o se desvanecían en el halo luminoso que envolvía a este misterioso ingenio volante. Aunque estos informes despertaron el interés de algunos científicos, el esfuerzo bélico de ambos bandos absorbía todas las iniciativas e hizo inviable cualquier investigación seria, al haberse descartado el origen enemigo de estos cuerpos luminosos.

 

Fue después de la guerra, en 1947, cuando un aviador civil norteamericano, Kennet Arnold, avistó los famosos nueve discos volantes sobre Mount Rainier, en el Estado de Washington y a partir de ahí se comenzó a popularizar la moderna teoría de los llamados OVNIs (UFOs, en siglas inglesas); dos meses después de este primer avistamiento  ocurriría el llamado incidente Roswell (al que dedicaremos un capítulo próximamente) que aumentó el interés popular por este asunto. 

                                                                              
 
 

La Historia
está llena de estos avistamientos, según muchas crónicas antiguas e incluso la propia Biblia tiene inquietantes referencias a estos UFOs (véase el carro de fuego de Ezequiel). También en Aurora, Texas, ocurrió un famoso incidente en el año 1897, cuando un cilindro volador se estrelló contra la estructura metálica de un molino de viento, muriendo el humanoide que lo tripulaba. Resulta curioso que sea el estado de Nuevo México la zona de EEUU más visitada por estos supuestos OVNIs, aunque tiene su lógica según algunas fuentes, puesto que en sus desiertos fueron probadas experimentalmente las primeras bombas atómicas de la Historia. En cualquier caso existen varias teorías acerca de la procedencia de estos platillos volantes y según una de ellas estos artefactos, de una ultra-sofisticada y desconocida tecnología, serían las Máquinas del Tiempo que la Humanidad del siglo XXII ó XXIII ha conseguido fabricar y que viajan a través de los siglos para conocer y estudiar la Historia de la Humanidad en cada una de sus etapas. Evidentemente cualquier teoría acerca de estos misteriosos objetos es  hoy día indemostrable y no pasa de ser una simple especulación.

 

Los gobiernos niegan su existencia y niegan también categóricamente poseer pruebas materiales de sus visitas (aunque se habla de muchos casos de accidentes OVNI, de discos  y de cadáveres de aspecto humanoide recuperados) lo que no hace sino aumentar el interés de muchos ciudadanos en todo el mundo que piensan que sus gobiernos les están ocultando la verdad. No es ningún secreto para nadie que en la Base aérea de Wrigth-Patterson, en Dayton, Ohio, existe la famosa Área 51 (también conocida como Hangar 18) donde supuestamente se encontrarían los restos del disco estrellado en Roswell y sus nueve tripulantes, conservados en formaldehído dentro de grandes recipientes de cristal.

 

Sea como fuere muchos de estos gobiernos han dedicado importantes sumas de dinero a investigar de manera reservada la posible existencia o veracidad de estos objetos volantes, como el famoso Proyecto Libro Azul de la USAF, que contiene un mínimo porcentaje de casos realmente inquietantes. Nos movemos en un laberinto de posibilidades y de posiciones casi ideológicas muy encontradas, entre partidarios a ultranza y detractores que intentan demostrar la inexistencia de estos fenómenos, abogando por una explicación natural. Juzgue el lector, según su propia apreciación personal, su conocimiento del tema  o su íntima predisposición hacia el mundo desconocido. Nosotros nos quedamos con una frase que puede ser, para unos y para otros, perfectamente ambivalente: lo increíble, a veces, es lo que se debe creer. 


(Posiblemente en 2010 sea publicado el libro "OVNIS: LA TERCERA TEORÍA ¿Vienen del espacio exterior? que trata de este interesante tema)


P.C.C. 

 



EL SEGURA, EL VIEJO THADER ROMANO, UNO DE LOS RÍOS QUE MAS HA SIDO MANIPULADO POR LA MANO DEL HOMBRE 

A LO LARGO DE LOS SIGLOS SU CAUCE HA SUFRIDO IMNUMERABLES MODIFICACIONES EN EL TRAZADO HASTA SU DESEMBOCADURA 

 

Primero los romanos, luego los visigodos, los árabes y finalmente los cristianos, todos han actuado sobre el río Segura en mayor o menor medida para intentar hacer más seguro su cauce, pues este río desde tiempos inmemoriales, ha sembrado el caos en la fértil Vega que le acompaña, sobre todo en las zona media y baja, y en cualquier época del año, si bien los meses de septiembre y octubre, y en menor medida noviembre, han sido los más aciagos. Y lo ha sido especialmente desde el Azud hasta su desembocadura en Guardamar, provincia de Alicante.
 

 


Golgo de la gitana (1950) 


Molino del Batán


Una de las obras más importantes realizadas en él, fue la Contraparada o Azud que, según muchos historiadores, fue hecha en época romana y posteriormente los árabes perfeccionaron; desde ella parten dos acequias mayores, la llamada Alquibla o Barreras, que discurre  por el sur, y la Aljufía por el norte, dos  acequias importantes de las que nacen otras menores, como nuestra Puxmarina (la antigua Alfox árabe).


Sotos inundados por el Segura (1980) 


Riada de 1987 


Pero volviendo a nuestro río, al que los romanos denominaban Thader, éste ha sido la columna vertebral de la economía tradicional murciana, basada en la agricultura. Una de las más fértiles huertas de España ha florecido –y también ha languidecido- a su paso, pues no siempre ha sido el Segura un río de cauce regular, sino más bien cíclico, quizá en consonancia con la también  irregular pluviometría de esta Región. El Segura ha repartido vida y muerte, casi a partes iguales, a lo largo de la Historia, en forma de crueles riadas o avenidas que arrasaban la misma huerta, que luego en períodos estables, hacía florecer con toda pujanza.

Las últimas obras de encauzamiento, realizadas en la década final del siglo XX, entre la Contraparada y la capital murciana, supuso un nuevo trazado que ha alterado el perímetro territorial de muchos pueblos, como el nuestro, al ser el Segura frontera natural de muchos lugares ribereños. La eliminación de meandros y el ensanchamiento del cauce lo ha hecho más seguro y posiblemente también más peligroso ante un episodio de la temida “gota fría” pues hoy puede absorber mucho mayor volumen de agua que antaño, pero también es cierto que esa mayor cantidad, en caso de producirse roturas en sus motas, podrían significar unas corrientes tan violentas que causarían probablemente mayor devastación.

Obras de encauzamiento 


El Segura en la actualidad


Por ello el murciano que aún vive y cultiva sus tierras, se acerca a su cauce con respeto, no ya por el recuerdo de viejas riadas que han quedado grabadas a fuego en la piedra de
la Historia, sino por la posibilidad –nunca descartada- de que vuelvan a producirse las crecidas pese a que hoy, con esta endémica escasez de recursos hídricos que Murcia padece, presenta un aspecto manso y casi bucólico, mientras en sus riberas crecen arbustos y cañaverales silvestres y una tímida fauna fluvial se enseñorea de sus aguas dormidas.

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